Sonderkommando

Shlomo Venezia va néixer a Salònica (Grècia) el 1923. Abans de l’any 1492, quan els Reis Catòlics decretaren que les seves terres havien de quedar lliures i netes de juevots, els seus avantpassats havien viscut a Espanya.

En plena Segona Guerra Mundial, els nazis arribaren a Salònica, la ciutat més jueva de Grècia, i obligaren els jueus a quedar reclosos dins d’un gueto. Més endavant els enviaren a Atenes. I d’allà a Auschwitz-Birkenau.

Shlomo Venezia fou dels pocs que sortí viu dels camps d’extermini. Això sí, va patir moltíssim. No es tracta de fer rànquings i d’establir categories d’horror i sofriment en referència a l’Holocaust, però és difícil imaginar una experiència pitjor que la dels condemnats a formar part del Sonderkommando.

El què? El racó més horrible de l’infern: veure’t obligat a fer possible la bona marxa d’aquella cadena de destrucció anomenada Solució Final.

Shlomo Venezia fou un sonderkommando: jueus que acompanyaven a altres jueus i víctimes dels nazis a entrar a les cambres de gas i que, poca estona més tard –el gas Zyklon B trigava uns deu o dotze minuts a matar les 1.500 persones que podien cabre dins la falsa sala de dutxes-, havien de treure els cadàvers de la cambra, netejar-la (perquè les següents víctimes no sospitessin què els esperava entrant allà) i convertir els cossos de les víctimes de la Shoah en cendra.

Després d’onze dies de gana, set, brutícia i manca d’espai, Shlomo Venezia arribà a Auschwitz l’11 d’abril de 1944. El trajecte havia sigut horrible: “Las puertas del tren se abrieron ante la Judenrampe. Mi primera sensación fue de alivio”. Poc després, començava la selecció. Uns aquí i els altres allà.

“Yo me encontré en el lado donde había menos gente. Todos los demás se fueron, sin saberlo, del lado de la muerte inmediata en las cámaras de gas de Birkenau. Cuando me volví para intentar ver a mi madre, ella ya no estaba allí. Nunca volví a verla. Ni a ella ni a mis dos hermanas menores. Me acerqué a un prisionero y le pregunté ‘¿Dónde están mi madre y mis hermanas?’. No me respondió y se limitó a tomarme del brazo para llevarme hasta la ventana. Allí, señaló con el dedo la chimenea del Crematorio”.

A continuació, “recorrimos a pie los tres kilómetros que separan la Judenrampe del campo de Auschwitz I. Recuerdo que antes de pasar bajo la puerta principal del campo, con la inscripción Arbeit macht frei, ‘el trabajo libera’, me fijé en un panel que había junto a las alambradas y en el que habían escrito ‘Cuidado con la corriente, peligro de muerte’.

Una vez dentro del campo, inmediatamente a la izquierda estaba el bloque 24 que, como se supo luego, servía de burdel para los soldados y algunos privilegiados no judíos. Pensé ingenuamente que, si había un burdel, efectivamente se trataba de un lugar donde la gente trabajaba.

Cuando recibí mi ropa, oí a alguien que me llamaba: ‘Shlomo, ¿dónde estás?’ Era mi hermano, reconocí su voz, pero no conseguía verle. Estaba muy cerca de mí pero no nos reconocíamos. No teníamos pelo y llevábamos ropa que no nos iban. Fue un momento muy triste, tal vez incluso uno de los más tristes. Ver a qué estado estábamos reducidos… Pero no lloré. Ni siquiera cuando supe lo de mi madre. El grifo de las lágrimas se había bloqueado”.

Uns quants dies després d’arribar a Auschwitz, Shlomo Venezia fou destinat al Sonderkommando. No sabia on l’enviaven i preguntà què volia dir la parauleta. Comando especial, va ser la resposta.

¿Especial? ¿Por qué?

– Porque debemos trabajar en el Crematorio… donde se quema a la gente.

Para mí era un trabajo cualquiera; ya me había acostumbrado a la vida en el campo. Pero en ningún momento me dijo que los cadáveres que se quemaban eran los de personas que habían llegado vivas al Crematorio.

Sí me dijo que todas las personas que formaban parte de aquel Sonderkommando eran regularmente “seleccionadas” y “transferidas” a otro lugar. Eso ocurría cada tres meses. De momento, no comprendí que las palabras “selección” y “transferencia” eran eufemismos que, en realidad, significaban “eliminación”. Pero no tardé mucho en comprender que habíamos sido integrados en el Sonderkommando para sustituir a antiguos prisioneros que habían sido “seleccionados”.

Una de les feines dels jueus del Sonderkommando era ajudar al nazi de torn a col·locar en el lloc adequat el recipient on hi havia el gas mortífer: “Tomó una caja, la abrió y arrojó el contenido por la pequeña abertura. Luego cerró y se marchó. Los gritos y los lloros, que no habían cesado, aumentaron instantes después. La cosa duró diez o doce minutos; luego, ni un ruido. La cubierta de la abertura por donde se arrojaba el Zyklon B era de cemento muy pesado. El alemán nunca se hubiera tomado el trabajo de levantarla personalmente, teníamos que ser dos para ello. A veces yo, a veces otros. Nunca lo había dicho hasta ahora, pues me duele tener que admitirlo. Pero así fue.

Su muerte lo era todo salvo una muerte dulce. Era una muerte inmunda, sucia. Una muerte forzada, difícil y distinta para todos. Nunca lo había contado hasta ahora; es tan abrumador y triste que me cuesta hablar de esas visiones de la cámara de gas. Podíamos encontrar gente con los ojos desorbitados por el esfuerzo que había hecho el organismo. Otros sangraban por todas partes, o se habían ensuciado con sus propios excrementos, o con los de los demás. Por los efectos del miedo y del gas sobre el organismo, las víctimas evacuaban a menudo todo lo que tenían en el cuerpo. Algunos cuerpos estaban muy rojos, otros muy pálidos, cada cual reaccionaba de un modo distinto. Pero todos habían sufrido en la muerte. Suele pensarse que el gas se arrojaba y ya está, la gente moría. ¡Pero qué muerte! Les encontrábamos agarrados unos a otros, todos habían buscado desesperadamente un poco de aire.

Teníamos que entrar y comenzar a sacar los cadáveres de la cámara de gas. La imagen que veíamos al abrir la puerta era atroz, ni siquiera puedes hacerte una idea de lo que podía ser. Los primeros días, a pesar del hambre que me atenazaba, me costaba tocar el mendrugo de pan que recibíamos. El olor persistía en las manos, me sentía manchado por aquella muerte. Con el tiempo, poco a poco, fue necesario acostumbrarse a todo. Se convirtió en una especie de rutina en la que no había que pensar”.

Un dia, l’Shlomo va veure un cosí del seu pare a la sala on els dissortats jueus havien de treure’s la roba –tenien un penjador on deixar-la per poder recollir-la després de la dutxa- i esperar que arribés el seu moment: “le tomé del brazo mientras seguía haciéndome todas aquellas preguntas que me trastornaron mucho: ‘¿Cuánto tiempo dura antes de morir? ¿Se sufre mucho?’. No sabía que responderle; entonces le mentí y le dije que la cosa no duraba mucho, que no se sufría. En realidad, pasarse diez o doce minutos buscando el aire es muy largo, pero le conté mentiras para tranquilizarle, calmarle. El alemán comenzó a gritar, nos dimos un abrazo y entró.

Una vez vaciada la sala, teníamos que limpiarla por completo, pues las paredes y el suelo estaban sucios, y era imposible hacer entrar a otras personas sin que se aterrorizaran al ver los rastros de sangre y de todo lo demás en las paredes y en el suelo. Prepararlo todo para que la sala estuviese lista para la llegada de un nuevo grupo.

Un día, en una escuela, una niña me preguntó si alguien había salido vivo de la cámara de gas. Sus compañeros se burlaron de ella, como si no hubiera comprendido nada. ¿Cómo sobrevivir en aquellas condiciones a aquel gas mortal, estudiado para matar a todo el mundo? Era imposible, pero ocurrió: sacando a los cadáveres de la cámara, un día encontramos una niña de apenas dos meses agarrada aún al seno de su madre. Intentaba mamar en vano. Lloraba porque la leche no brotaba. En cuanto el guardia vio al bebé, le disparó un tiro y aquella pequeña que milagrosamente había sobrevivido al gas murió. Nadie podía sobrevivir. Todo el mundo debía morir, incluidos nosotros: era sólo cuestión de tiempo.

Recuerdo un día que, entre los cadáveres sacados de la cámara de gas, los hombres encontraron el cuerpo de una mujer increíblemente hermosa. Tenía la perfecta belleza de las estatuas antiguas. Quines hubieran debido meterla en el horno no conseguían decidirse a hacer desaparecer una imagen tan pura. Mantuvieron su cuerpo con ellos el mayor tiempo posible, luego se vieron obligados a quemarla, también a ella. Creo que es el único caso en el que realmente “miré”; de lo contrario, todo ocurría maquinalmente, no había nada que ver. Ni siquiera en la sala de desnudarse prestábamos atención.

Después de la liberación escuché absurdos rumores sobre lo que había pasado con algunas muertas en el Sonderkommando. Pero todo son mentiras, rumores malsanos. Yo nunca oí nada semejante durante los ocho meses que pasé allí.

Las cenizas también debían ser eliminadas para no dejar rastro. Algunos huesos, como los de las caderas, ardían mal, tanto en los hornos como en las fosas. Por eso, los huesos más gruesos eran retirados y machacados por separado. A veces, cambié mi puesto con uno de los hombres encargados de machacar los huesos. Eso me permitía tomar un poco el aire y salir de la atmósfera opresora y fétida del Crematorio. Un camión venía a recoger las cenizas regularmente para arrojarlas al río”.

Tots aquests fragments els he tret de Sonderkommando, un llibre-entrevista on Shlomo Venezia explica la seva experiència a Auschwitz-Birkenau. Les converses que donaren forma a aquest llibre són del 2006. Des de fa uns vint anys, aquest senyor explica els seus records, vivències i impressions de l’Holocaust a joves i més grans. Abans, estigué en silenci molt temps: després de la guerra, la majoria de la gent no volia ni sentir a parlar de tot aquell horror. Ell tampoc tenia gaires ganes d’explicar-ne res. Volia intentar mirar endavant. Molt difícil. Com diu ell mateix, “després d’allò, tenir una vida normal és impossible. Mai més he pogut dir tot va bé o divertir-me despreocupadament. Tot em fa tornar al camp. Mai m’alliberaré del Crematori”.

Cada nit recorda aquells dies. Quan “no pensábamos en nada, no podíamos intercambiar ni la menor palabra. No porque estuviera prohibido sino porque estábamos aterrorizados. Nos convertimos en autómatas, obedeciendo las órdenes e intentando no pensar, para sobrevivir algunas horas más.

Birkenau era un verdadero infierno, nadie puede comprender ni entrar en la lógica de aquel campo. Por eso quiero contar, pero confiando sólo en mis recuerdos, en lo que estoy seguro de haber visto y nada más. Si hubiera sabido que algún día saldría de aquel infierno, habría anotado todos los nombres, las fechas, los detalles. Pero allí ni siquiera sabíamos en qué día estábamos. Mi único horizonte era el momento en que me matarían. Algunos dicen que resistieron porque mantenían la esperanza de liberarse algún día. Pero yo no pensaba que algún día podría librarme de aquel infierno. No había medio alguno de salir de allí. Sólo un milagro… pero ya nadie creía en los milagros. Continuábamos, día tras día, sabiendo que se aproximaba el final.

El primer día no conseguí pegar ojo en toda la noche. Pensaba en aquella terrible situación, en el modo como me había dejado atrapar. Todavía hoy siguen obsesionándome esas cuestiones.

Estábamos fuera del mundo, en el infierno. Viendo arder los cuerpos, pensé que tal vez los muertos tenían más suerte que los vivos; ya no estaban obligados a sufrir aquel infierno en la tierra, ver la crueldad de los hombres. Vimos lo peor, estábamos dentro de ello todo el día, en pleno meollo del infierno”.

Sergi i Shlomo Venezia

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2 comentaris to “Sonderkommando”

  1. TOT I QUE tinc clar que “Grup Godó, ni oblit ni perdó”, gairebé cada dia llegeixo el Mundu i també La Vanguardia. Per una estranya mania que no sabria argumentar, els diaris els començo pel final. Per això, lo primer que em miro del diari de “la gent amb opinió” és la Contra. A vegades entrevisten gent especialitzada en temes que m’interessen més aviat molt poc, però és una secció resultona. Els dies que donen la paraula a persones que van veure i viure de prop la Guerra Civil o l’Holocaust és quan m’ho llegeixo més detingudament.

    Fa un mes, per exemple, van entrevistar a un eslovè de Trieste de 97 anys que va sortir viu dels camps nazis. Com diu ell mateix, ell no és un autèntic testimoni de l’Holocaust. Però a falta d’ells -la veu dels que hi moriren no la tindrem mai-, els més propers segueixen parlant-ne. Tenen clar que no podem oblidar: http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2010/09/04/pagina-72/82880593/pdf.html

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